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Fecha: 23/03/2010

Una transición cruzada por los gritos



Por PEPE ELIASCHEV

A veces, a la verdad verdadera hay que buscarla en los entresijos, en las bolsas de residuos de la vida social, o en los ecos chocantes de quienes parecen remotos pero están muy cerca. Nadie podría decir, por ejemplo, que Hebe Bonafini o Luis D'Elía son políticamente significativos o que tienen una valor estratégico relevante. No lo tienen, son barriletes aparentemente sueltos que no ocupan cargos formales en la nomenclatura del Estado y aunque entran y salen de las oficinas donde hoy se gestiona el poder gubernamental, no participan de su nómina legal de asalariados. Sin embargo, y precisamente porque se vanaglorian de su irresponsabilidad funcional, gozan de una cobertura que le resulta muy provechosa al Gobierno.

PROCACIDADES

Esta semana le tocó sobresalir a la furibunda septuagenaria, de la que se pueden decir muchas cosas menos que no es clara. Se expidió sobre el vicepresidente de la Nación, electo por los argentinos en octubre de 2007, con estos conceptos: "(Julio) Cobos está armando un gobierno paralelo en contra del Gobierno que él dice representar". ¿Cómo lo calificó Bonafini al vicepresidente? "Es re hijo de mil putas. Alguien tiene que sacarlo". ¿Qué habría que hacer con él, según Bonafini? Prescribió que "el Parlamento que no vale nada (sic), que todos los días le hacen la contra, ¿por qué no pide que se vaya este tipo? Está fuera de la democracia, fuera de lo que votamos. Me gustaría que algún diputado o algún senador pida la destitución de Cobos, no hay otra, tenemos que terminarla con esto".

Gravísimas palabras de una persona que carece de mandato representativo y no rinde cuentas, pero cuya mercurial fiebre oficialista ya supera todo lo conocido. Su pasión kirchnerista no es, empero, lo destacable. Lo grave y sombrío es que a menudo Bonafini vocifera, con su lenguaje hiriente e insultante, lo mismo que se piensa en el corazón del Gobierno. Es lo que sucede cuando habla o actúa D'Elía. Ni a él ni a ella los sale a cruzar el matrimonio presidencial. La Presidente, que emite opiniones casi a diario y sobre todo, desde la merluza al cerdo, desde las pirámides de Keops hasta los Oscar de Hollywood, ni soñaría con desautorizarla a "Hebe", como la llama con cariño. Tampoco a D'Elía. Lo más lejos que llegan es a carraspear ante las cataratas de obscenidades de ambos personajes y alegar que no forman parte del Gobierno.

OBLIGACIONES

Pero lo cierto es que, en medio de ese clima volátil que reverbera en una Argentina ya habituada a las disputas mas desaforadas, el país va procesando inexorablemente su ineluctable marcha hacia la terminación del octenio kirchnerista. El país debe votar para elegir un nuevo presidente en los 60 días previos al 10 de diciembre de 2011, según estipula en la Sección Segunda de la Constitución Nacional el artículo 95 (Capítulo II - De la forma y tiempo de la elección del presidente y vicepresidente de la Nación). Es claro su sentido: la elección se hará dentro de los dos meses anteriores a la conclusión del mandato del presidente en ejercicio. El artículo siguiente, el 96, completa y aclara: "La segunda vuelta electoral, si correspondiere, se realizará entre las dos fórmulas de candidatos más votados, dentro de los treinta días de celebrada la anterior". La temporada se juega, así, a partir del domingo 15 de octubre de 2011, aunque es probable es que se vote el 29 de octubre. Si esa fuera la fecha, el poder efectivo de las actuales autoridades dispone de una vigencia máxima de 587 días.

¿Muchos? ¿Pocos? Es temprano para definirlo, pero el país ya se mueve mucho más de lo que la sociedad percibe, de cara a esa inexorable renovación. Las murmuraciones sobre adelanto de las elecciones con conjeturas aventuradas que resulta imposible avalar. Para adelantar las presidenciales de octubre de 2011 se requiere la aprobación de un Congreso que los Kirchner hoy no dominan.

SUCESION

Aunque es de estilo despotricar contra las candidaturas apresuradas, es innegable que una fatiga social importante va tensando las paciencias y acelera el manejo de conjeturas de sucesión. Desde el arco de fuerzas y tendencias que se reconocen en una común urticaria por lo que hace, dice e impide hacer el Gobierno, está claro que la campaña recorre ya sus capítulos fundacionales.

En ese pelotón de proto candidatos se advierte por ahora que no se bajan de la postulación referentes peronistas como Scioli, Reutemann, Duhalde, Narváez y Das Neves. Está también Macri con su hoy solitario PRO. Y luego se perfilan las formaciones explícitamente no peronistas, donde un listado a vuelo de pájaro debe incluir a Cobos, Sanz, Alfonsín, Binner y Carrió.

El gobernador bonaerense no oculta que está disponible para encarar un post kirchnerismo, y desde Olivos esa podría terminar siendo la variable más segura e interesante. El problema no radica en los resultados de la primera vuelta. A menos que suceda algo hoy imprevisible, no se pueden repetir en la fragmentada Argentina de hoy los resultados de octubre de 2007. Habrá segunda vuelta y allí estriba el dilema insoluble del oficialismo.

BALOTAJE

Miradas desde hoy, las cifras impiden mentir: cualquiera de los integrantes del binomio presidencial tiene un techo del 30/35 por ciento en los favores populares. Una segunda vuelta previa al 10 de diciembre de 2011 sería insuperable para quienes a esas alturas ya se estarán aproximando a los nueve años consecutivos en el poder. Los Kirchner necesitan, pues, alguien que, al menos, pierda sin humillación, como pudo ser el caso en la Argentina previa a la reforma constitucional de 1994, habida cuenta de que el radical Angeloz recogió el 36% de los votos en 1989 y el peronista Duhalde se alzó con el 40%. Pero ambos perdieron. El 52% de Alfonsín en 1983 y el 50% que repitió Menem en 1989 y 1995, son hoy irrealizables. En el momento estelar del kirchnerismo, antes de que todo empeorara, Cristina Kirchner recibió el 46%.

En el mejor escenario oficial, los encuestadores advierten que aunque ese techo oficial del 30/35 % no se toque, una reiteración del 22% de Kirchner en 2003 podría reeditar lo que sucedió con la victoria de Menem en esas elecciones. Dispersa en batallones confrontados, la oposición al continuismo perdería la primera ronda, pero arrasaría en la segunda. Estas conjeturas se barruntan mientras el Congreso ofrece la realidad de un conflicto político atascado.

Nada excesivamente fenomenal sucederá con estos trasiegos parlamentarios. Enfrascado en una guerra de guerrillas desde el control del Ejecutivo, el kirchnerismo se dispone a invalidar o vaciar de posibilidades que haya legislación independiente de lo que se pergeñe en Olivos. Con una mezcla de apelaciones a los jueces, usos del quórum y arrebatos selectivos de senadores y diputados que se hallen en oferta, el oficialismo se abroquela en el poder y empuja con energía a un ejercicio casi individual del poder. Los resultados del 28 de junio de 2009 produjeron un Congreso que dejo de ser inexorablemente vasallo de la Casa Rosada, pero sus fuerzas no traspasaron la cota necesaria como para liquidar las sutilezas. Por esos entresijos, el armado oficial buscará y logrará, con temible tesón predatorio, evitar que al país se lo gobierne de manera más equilibrada.

CONFUSIONES

La Argentina parece, así, ineluctablemente enderezada a sumergirse en una larga e incierta travesía transicional, aunque menos traumática que la de 1989 y 2003. La tristeza institucional que todo esto suscita es que, aun en el caso del pronóstico más benévolo, queda clara que este empate irrisorio nada bueno y duradero puede aportar a un país que patalea en el suspenso, embriagado con la idea de que gritar es progresar y que confrontar es conducir.

www.pepeeliaschev.com

Artículo publicado en el Suplemento Séptimo Día del diario El Día del 21/03/10

www.eldia.com

 



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