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Por PEPE ELIASCHEV El Poder Ejecutivo bascula entre la redescubierta y elogiable pasión por amigarse con el mundo, y la profundización de prácticas maltratadoras y autoritarias en la vida doméstica. Una vez más, hasta en las ocasiones dignas de celebración, quienes gobiernan se las ingenian para convertir las sonrisas en rictus de ira.
Cristina Kirchner concluyó una serie de actos de retorno al mundo. En el caso de sus 15 minutos con Barack Obama, la Presidenta capitalizó con astucia dos atributos argentinos que para los Estados Unidos son meritorios. El primero de ellos hace a una historia previa que los actuales gobernantes no inventaron, pero a la que han sabido asociarse con inteligencia. La Argentina, una nación que maneja tecnología nuclear desde hace medio siglo y desde los años noventa ha renunciado a toda peligrosa deriva hacia el uso militar de esos conocimientos, es hoy un "partner" atractivo para la impresionante coalición de naciones que el presidente Obama ha edificado para preservar el uso pacífico de esa energía y, sobre todo, evitar que el vocinglero, intimidatorio y peligroso régimen de la República Islámica de Irán llegue a manejar un arsenal nuclear.
El segundo ítem que Washington aprecia es que en estos siete años de kirchnerismo en el poder, la Argentina se ha mantenido distante y crítica de Irán, como no podía ser de otra manera tras los atentados de 1992 y 1994, contra la Argentina, la comunidad judía e Israel. Pero en una América Latina donde Venezuela, Bolivia y Brasil, además de Cuba, coquetean o al menos condonan en silencio al régimen de Irán, la actitud de los Kirchner en este tema es positiva para la diplomacia norteamericana.
Tampoco corresponde hacerse muchas ilusiones. En Washington, la Argentina siempre es una incógnita que desasosiega y suscita dudas. En un punto, parecería que Cristina Kirchner ha "deschavizado" un poco la política exterior argentina, tomando tenues pero evidentes distancias del régimen de Venezuela. Es cierto que los Kirchner son en esta materia muy instrumentales y la obsesión de la Presidenta respecto de una reunión con Obama era enorme.
RETORNO
Aunque el pintoresco embajador Héctor Timerman diga que fue Washington quien cambió y "ahora" reconocen y redescubren a la Argentina, lo cierto es que la Casa Blanca se abrió, desde la llegada de Obama en enero de 2009, a visitas de Estado del mexicano Felipe Calderón, la chilena Michelle Bachelet, el salvadoreño Mauricio Funes, el brasileño Luiz Ignacio Lula da Silva y el colombiano Álvaro Uribe. Fernández de Kirchner tuvo sus 15 minutos con Obama, pero no fue una visita de Estado, sino un arreglo rápido en los intersticios de una reunión de casi 50 países. No es poca cosa, pero Obama tuvo no menos de 20 encuentros de ese tipo la semana pasada.
Pero no puede negarse que, si se compara la actitud de Cristina Kirchner en sus tratos con el mundo y la que exhibió su marido en los años anteriores, ella parece Kissinger o Churchill. Néstor Kirchner no sólo no lee ni habla ningún idioma, salvo el que aprendió de sus padres, sino que detesta las relaciones exteriores y las intensas y confidenciales tareas que ellas presuponen.
La Presidenta regresó de la cumbre nuclear de Washington y a las pocas horas recibió al joven e inteligente presidente de Rusia, Dimitri Medvédiev, primer líder de esa potencia euroasiática que visita la Argentina desde que la Moscú zarista de hace 125 años reconoció a la Argentina.
Además de verse ese rato con Obama y de recibir a Medvédiev, que no se privó de recriminar claramente a la Argentina por haber cortado unilateralmente el suministro de carne vacuna a Rusia, la Presidenta pudo verse con el líder chino, con quien se disculpó por haberle cancelado casi sin anticipación una visita oficial a Beijing con la excusa de que era peligroso dejarlo al vicepresidente Julio Cobos a cargo del poder ejecutivo, puesto que ello podría suponer una "destitución", argumento lunático y rudimentario para la política mundial. En resumidas cuentas: Fernández de Kirchner redondeó una semana rutilante de relaciones con ese mismo mundo que su marido desprecia y al que ha castigado durante años.
En vísperas de anunciar un canje de la porción de deuda cuyo pago la Argentina interrumpió en 2002 y que no se normalizó con el arreglo logrado por Roberto Lavagna en 2005, todo parecería indicar que el Gobierno ha hecho finalmente los elementales deberes que supone la tarea de retornar a la consideración internacional.
AISLAMIENTOS
La Argentina se ha colocado de espaldas al concierto internacional en muchas ocasiones y por muchos años en un lapso dilatado de tiempo. Ha sido un "outsider" virulento y serial y proyecta la sensación de que le cuesta sacar las conclusiones de las duras lecciones de la vida. Este país estuvo en el ostracismo entre 1976 y 1980 porque fue gobernado por un régimen militar caracterizado como responsable de un terror de estado cruel, masivo y sistemático. Cuando la tragedia de los derechos humanos comenzaba a ceder tibiamente, el desembarco en Malvinas de 1982 catapultó a la Argentina a un nuevo y durísimo aislamiento internacional. Tras 18 años virtuosos de una democracia tartamudeante pero vigorosa, el default de 2001/2002 eyectó de nuevo al país al purgatorio de nación violadora de sus contratos. Por eso, tener buenas relaciones con el mundo y cumplir con las obligaciones es lo normal para casi todo el mundo, pero excepcional para la Argentina.
Es ésta la razón desde la cual suscita un espasmo de incredulidad que, en medio de su retorno a la comunidad internacional, las prácticas internas del matrimonio gobernante reiteren su pasión incontenible por las confrontaciones y las descalificaciones. Obama, que no es peronista, arma coaliciones muy astutas y realistas en un Congreso plagado de adversarios feroces. La Presidente de la Argentina se maravilla con sus tratos con los líderes del mundo y su marido hace turismo de cinco estrellas pagado por los contribuyentes (se fue a pasear a la Casa Blanca para sacarse fotos junto a las rejas, como cualquier dentista japonés o medico búlgaro que recorre la capital del imperio en tour de vacaciones), pero al regresar a Buenos Aires todo sigue siendo igual. Hay un perfil moderno y normal para el consumo mundial, pero fronteras adentro los Kirchner no cambian en nada.
La decisión del Senado reformulando la coparticipación del reaccionario y arcaico impuesto al cheque, y el triunfo de la mayoría opositora en Diputados invalidando el decreto de necesidad y urgencia mediante el cual el Poder Ejecutivo manoteó reservas del Banco Central acicatea la virulencia vengativa de un Ejecutivo que ignora la moderación y el respeto.
Fernández de Kirchner trató al vicepresidente Cobos de ser el croupier de un casino, más que el presidente del Senado, y el cada vez más desaforado Aníbal Fernández ya no sabe qué insulto vomitar desde su lenguaje de arrabalero psicoanalizado para descalificar al mendocino.
Hace apenas tres años, la propaganda oficial tapizaba las paredes y rutas del país con la enternecedora consigna "Cristina, Cobos y vos". Hoy, la primera línea de fusileros mediáticos del Gobierno lo denuncia a Cobos como cabecilla de un golpe de estado.
Contradicción fenomenal: ahora hay un lenguaje lubricado y extremadamente edulcorado para con bonistas y bancos internacionales. La Presidenta intercambia zalamerías y piropos con exponentes del pensamiento moderado (Angela Merkel, Sebastián Piñera, Alan García) y ya no se escuchan en la Casa Rosada descalificaciones groseras contra países, gobiernos e instituciones. Pero en el país subsiste y se acentúa la estrategia de la tensión, acompañada de la vocinglería de un coro de militantes callejeros y mediáticos que siguen cebando los motores de la discordia y el enfrentamiento ideológico.
PELIGROS
La reciente campaña lanzada por amigos del Gobierno para denostar a periodistas por su nombre y por su foto, y la perenne ofensiva contra los medios, muestra la sustancia más peligrosa y alarmante del grupo gobernante. Con esta nueva oleada de amenazas a periodistas, no resulta exagerado evocar un pasado tenebroso pero cercano: ¿se está buscando un nuevo José Luis Cabezas?
Los escraches de odio al periodismo que esta semana se han acentuado en las calles de Buenos Aires con la firme ayuda de Canal 7 y el programa-ariete del Gobierno, "6,7,8", revelan que las cumbres internacionales y la salida del default no consiguen modificar esa estrategia de la tensión a la que la Presidenta, desgraciadamente, no sabe o no puede renunciar.
www.pepeeliaschev.com.ar Artículo publicado en el Suplemento Séptimo Día del diario El Día del 18/04/10 www.eldia.com
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