Fecha: 29/04/2008 Un poder conservador - Pepe Eliaschev |
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Buenos Aires, 27 de Abril de 2008 - ¿Habrá sido Martín Lousteau un revolucionario? En los momentos finales de su paso por el gobierno de los Kirchner, personas tan diferentes como Gustavo Béliz, Horacio Rosatti, Rafael Bielsa, Roberto Lavagna, Felisa Miceli y Miguel Peirano, entre otros, no hicieron nada parecido a lo que hizo este último ex ministro. Lousteau produjo su despido con deliberación y alevosía. Se hizo echar y, al hacerlo, dejó un testamento que pesará sobre el destino de corto y mediano plazo de la Argentina. Un hecho nuevo: Lousteau no se fue en silencio, intimidado y hosco. A su manera, y pese a haber tenido "agachadas" importantes, plantó bandera, algo nuevo en el imperio impertérrito del matrimonio Kirchner. La llegada de un nuevo Fernández (Carlos es la cuarta persona con ese apellido, además de Cristina, Alberto y Aníbal) al Gobierno se produce ante la constatación inobjetable de una economía nacional, compensada y en progreso desde mediados de 2002, pero con dificultades crecientes y siempre más peligrosas. El problema central es que en el Gobierno no admiten la cercanía de turbulencias duras. Dominado ideológicamente por la pasión en lo que Juan Abal Medina denominó "el fin del posibilismo", el oficialismo está embebido de ese código agreste, según el cual "el que quiere, puede". Especialista en temas fiscales, Carlos Fernández es un analista de temperamento tranquilo. No porta grandes ideas, ni se lo designó porque tiene fibra de diestro timonel para borrascas serias. Se define con la palabra que siempre "lo pudo\" a Néstor Kirchner: soldado de la causa. Economista graduado en La Plata, el sucesor de Lousteau elige los mismos términos que en su momento usaron hombres cultos y probos, como Rafael Bielsa, fino intelectual que se inmoló autoproclamándose vasallo de un general. Ese "general" era Kirchner. El marido de la actual Presidenta traduce a su lenguaje, cultura y formación el legado político del voluntarismo setentista, que se resumía en la proclama castrense de Guevara, "el deber de todo revolucionario es hacer la revolución". Más de cabotaje, el santacruceño vive convencido de que su deber es ejercer el poder y el de los otros es reportarse a él. Lousteau, entrenado en escuelas, libros e ideas, tenía algunas convicciones. Se estrellaron contra la realidad del más duro y pétreo núcleo de poder que ha tenido la Argentina desde 1955, el kirchnerismo. Lousteau se marchó después de que Cristina Kirchner concediera a Guillermo Moreno el control del comercio exterior de todos los productos agropecuarios. Hasta ese momento, la Secretaría de Comercio tenía solo facultades para permitir o bloquear ante la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca las exportaciones lácteas. Ahora, esa facultad se le extendía a todo el negocio alimentario. Lousteau se negó a aceptar ese permiso y se lo comunicó a la Presidenta. Pese a las insistencias del por ahora incombustible Alberto Fernández, Lousteau vivió un punto de inflexión: de pronto "estaba todo mal" y se fue. La decisión que deberá firmar Carlos F. (autoridad para permitir o cancelar los permisos de exportación) pone en manos de Moreno competencias excepcionales para la economía cotidiana del país. Tal como sucede con el mercado lácteo, ahora podrá bloquear remesas si una exportadora de cereales, aceite o carne no adquirió su mercancía al precio por él fijado para el mercado doméstico. Moreno controlará el circuito productivo y comercial en casi todos los rubros, como hace con el mercado energético. Además, aplica o amenaza con la ley de abastecimiento. Pero conviene no ser lineal ni reduccionista. Mañana lunes, las entidades agropecuarias le pedirán a Carlos F. que las reciba, mientras analizan prolongar la tregua del paro. Los dirigentes rurales participaron en primera fila de la jura del nuevo ministro y no sería imposible que el Gobierno admita modificaciones en las retenciones. En el campo creen percibir indicios oficiales a los que perciben como alentadores. Creen que el Gobierno produciría un ligero cambio del esquema de retenciones móviles en el ítem que más fastidia a los productores: el que ordena que, superado un nivel de precio de 600 dólares la tonelada del cereal, la Casa Rosada se apodera del 95 % de cada dólar. Eso altera la marcha de los mercados de granos de futuro y en el Gobierno reconocen, en privado, como "error técnico" o efecto indeseado de las retenciones móviles. El campo quiere que se elimine, sin más, esa cláusula. Pero tampoco aquí es recomendable hacerse ilusiones. Ya el jueves Néstor Kirchner, subido a la tarima del viejo bastión menemista de la Ezeiza de Alejandro Granados, fulminó a los que quieren enfriar la economía, "pecado" del que acusó a Lousteau. ¿Cuál fue el delito de Lousteau que precedió su salida del Gobierno, además del obvio hecho de no ser un pingüino? Propuso reducir gasto público, sincerar ridículas tarifas de los servicios públicos que reconfortan a una clase media y a una burguesía que gozan de luz, agua, teléfono y gas a precios subsidiados, y un dólar bajo control. Lousteau tenía otra idea para controlar y domar la inflación, diferente del criterio policíaco y guerrero de Moreno. El riesgo con la inflación es que el consumo crece más que la producción, lo que inevitablemente significa aumento de precios terribles para el bolsillo del pueblo, sobre todo en los alimentos, gravitantes para las clases sociales con menor poder adquisitivo. Antes de irse, Lousteau propuso en vano aumentar sustancialmente las tarifas de gas y luz para consumos residenciales altos, hoy subsidiadas, y mantenerlas sin cambios para las clases populares, con lo cual el 40 % de los usuarios quedarían protegidos. Esa suba le ahorraría al Estado 5.000 millones de pesos hoy gastados en subsidios. Sugería un leve aumento del dólar durante 2008 para no propulsar más a la inflación. Quería reducir del 49 al 27 por ciento el aumento anual del gasto público y mantener, así, a raya demanda y consumo. Chocó duramente con Kirchner, a quien nadie le cambia su evangelio de hierro. Para él, la oferta debe empardar siempre a la demanda, a cualquier precio, incluso importando combustibles caros o cortando exportaciones de carne y trigo. Cree que con superávit fiscal y comercial y US$ 50.000 millones en reservas, el "modelo" es sólido. Kirchner está en el poder más absoluto desde hace 21 años. Intendente, gobernador, presidente y copresidente, no hay vida para él fuera de la cabina de comando. Por eso, apasionado de los sarcasmos brutales, el 10 de diciembre, al entregarle a su mujer los atributos simbólicos del mando, anunció que se retiraría a "un salón literario". Menuda broma. Hoy, como el 9 de diciembre, manda él, sobre todo de cara a una presidenta a la que no le apasiona el tema económico, del que sabe poco. Nadie importante se va a dormir cada noche en la Argentina sabiendo quién toma las decisiones. Cristina Kirchner le sigue debiendo a la Argentina la certeza de un Gobierno verdadero donde los que dan la cara son quienes ejercen el poder. Como hoy, en la Argentina la moderación es sospechosa, tener ideas propias incapacita para gestionar el poder independientemente de las preferencias y caprichos de quien manda. Pero las cosas vienen cambiando. Puede que los altos precios mundiales que garantizaron el carácter casi mágico de la recuperación argentina vayan cediendo. Cabezas intelectualmente bien dotadas y con capacidad de pensar por su propia cuenta son indispensables, pero eso equivale hoy a un delito político en este país. Es el peor de los mundos: los cambios y la fugacidad de todo imponen un cambio de rumbo, ante cuya perspectiva Kirchner se manifiesta hoscamente conservador. Pretende gobernar al país en abril de 2008 igual que en mayo de 2003. Lo mismo le pasó a Carlos Menem partir de 2005. Columna publicada en Diario Popular, y El Día de La Plata del día 27/04/08. www.pepeeliaschev.com << Volver |
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Marcelo Elías |
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